…Gabriel miró uno por uno los rostros frente a él.

La primera mujer le sonrió con dientes perfectos.

—Hola, cariño.

La segunda se inclinó un poco, como si estuviera en una sesión de fotos.

—Seguro vamos a llevarnos muy bien.

La tercera ni siquiera lo miraba a él… miraba la mansión.

La cuarta revisaba su teléfono.

La quinta observaba el jardín con gesto calculador, como si ya estuviera imaginando las fiestas que organizaría allí.

Gabriel sintió que el pecho le pesaba.

Ninguna de ellas conocía el puente de madera.

Ninguna sabía que su mamá odiaba las rosas rojas porque le daban alergia.

Ninguna sabía que él tenía miedo de dormir con la puerta cerrada.

Ricardo habló con impaciencia.

—Gabriel. No tenemos todo el día.

El niño respiró profundo.

Luego levantó la mano.

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