—Papá… La voz de Carlitos salió débil, temblorosa.

Pero estaba vivo.

Ese simple hecho hizo que todo el aire regresara de golpe a mis pulmones.

Caí de rodillas junto a él.

—¡Carlitos! —mis manos temblaban mientras le levantaba la cabeza—. Hijo… ¿estás bien?

Sus ojos estaban abiertos, llenos de lágrimas, pero conscientes.

—Me asusté…

Lo abracé con fuerza.

Demasiada fuerza.

—Lo sé, campeón… lo sé.

Entonces sentí algo húmedo empujando mi brazo.

Balam.

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