Jamás les conté a los padres snobs de mi novio que yo era la dueña del banco que tenía su enorme deuda. Para ellos, yo solo era una “barista sin futuro”.

El sol sobre los Hamptons no solo brilla; evalúa. Refleja sus destellos en las barandillas cromadas de los superyates y en los collares de diamantes de las mujeres que beben rosado, calculando su patrimonio neto en lúmenes.

Me encontraba en la cubierta de popa del Sea Sovereign, un monumento de ciento cincuenta pies al exceso, sintiendo la brisa del Atlántico enredar mi cabello. Llevaba un sencillo vestido de lino y sandalias de cuero, discreto y cómodo, y según la mujer que descansaba en el diván blanco a metro y medio de distancia, completamente inaceptable.

—Logan, cariño —dijo Vivienne con voz pausada mientras removía un martini que era principalmente ginebra y condensación, con sus enormes gafas de sol de diseñador ladeadas mientras me observaba—. Dile a tu amiga que los camarotes de la tripulación están abajo si necesita ir al baño, porque no queremos que los de los huéspedes se saturen.

Logan, el hombre con el que llevaba saliendo ocho meses, rió perezosamente mientras se estiraba con despreocupación en una tumbona. Tomó un sorbo de su cerveza importada y dijo: «Mamá es muy exigente, Addison es una invitada».

—¿De verdad? —murmuró Franklin mientras luchaba por encender su cigarro contra el viento, con el rostro hinchado e irritado—. Parece que ha venido a rellenar las cubiteras, que por cierto están vacías.

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