La joven se limpió lentamente la sangre del labio con el dorso de la mano. Su mirada no se apartó de Laura.
—Hoy —dijo con voz firme— vas a escuchar algo que llevas años intentando olvidar.
Laura soltó una risa breve y amarga.
—¿Olvidar? —replicó con sarcasmo—. Tú no sabes nada de mi vida.
La muchacha se levantó despacio, a pesar del dolor que recorría su cuerpo. El uniforme gris estaba arrugado y manchado, pero su postura se volvió recta, digna.
—Sé más de lo que imaginas —respondió.
Los sirvientes empezaron a intercambiar miradas nerviosas.
Laura frunció el ceño.
—¿Quién demonios te crees que eres?
La joven respiró hondo.