Esa tarde, el supermercado estaba tranquilo, solo se oía el suave zumbido de los frigoríficos y el pitido ocasional de los escáneres de las cajas.
Estaba haciendo fila, absorto en mis pensamientos, cuando una niña me llamó la atención. No tendría más de diez años y sostenía con cuidado una pequeña tarta de cumpleaños con ambas manos, como si fuera lo más importante del mundo para ella.
Cuando la cajera le dijo que no tenía suficiente dinero, su rostro se suavizó con decepción. No discutió ni armó un escándalo; simplemente asintió, dejó el pastel a un lado y dijo en voz baja “gracias” antes de marcharse.
VER PÁGINA SIGUIENTE