Mi teléfono vibró con un nuevo correo electrónico del banco.
Perfil bloqueado. Se requiere verificación presencial. Cambios suspendidos.
Exhalé lentamente.
Mi lado práctico empezó a hacer listas de nuevo: terapia, finanzas, audiencia legal, cámaras de seguridad.
Pero debajo de las listas estaba la única frase que me había mantenido en pie desde que escuché su voz en la sala de estar:
Pensaba que el viernes era la meta.
Era mi línea de partida.
Miré a mi alrededor: la casa, mis muebles, mis fotos, la vida que habíamos construido y que ahora parecía una cáscara vacía.
La voz de Natalie era suave. “¿Y ahora qué?”
Apoyé la mano en el mostrador y me permití respirar.
—Ahora —dije en voz baja—, dejo de vivir como si le debiera guardar silencio.
Y por primera vez desde que mis rodillas flaquearon en el pasillo, sentí que el suelo me sostenía.