“Por supuesto.”
Ese día abrió sus puertas la escuela.
Y mientras observaba a esos niños entrar en su primera aula, me di cuenta de algo:
A veces…
Los secretos no son traiciones.
A veces-
Son sueños que esperan convertirse en una sorpresa.
Esa noche, mientras estábamos sentados juntos bajo el cielo silencioso, me recosté contra él y le susurré:
“Ahora entiendo por qué lo escondiste.”
Él sonrió.
“¿Por qué?”
Miré la escuela.
“Porque las mayores sorpresas… son las que creamos para los demás.”
Y por primera vez en meses…
Nos fuimos a la cama sin miedo.
Sin secretos.
No hay ningún olor extraño.
Solo silencio.
Y amor.