Las cinco mujeres se miraron incómodas.
Una de ellas tomó su bolso.
—Creo que esto ha sido una pérdida de tiempo.
Los autos comenzaron a marcharse.
Ricardo caminó lentamente hacia Gabriel y Elena.
Se arrodilló frente a su hijo.
—¿De verdad la elegiste a ella?
Gabriel asintió.
—Porque ella no quiere ser mi mamá.
—Solo quiere que esté bien.
Ricardo cerró los ojos un segundo.
Luego miró a Elena.
—¿Aceptarías… quedarte?
Elena parpadeó sorprendida.
—Señor… yo solo soy una empleada.
Ricardo negó con la cabeza.
—No.
Miró a su hijo.
—Eres la única persona que lo ha cuidado cuando yo no supe cómo hacerlo.
Gabriel sonrió por primera vez en meses.
Y apretó las manos de ambos.
En medio del jardín silencioso, Ricardo comprendió una verdad que nunca había aprendido en los negocios:
**Una familia no se elige con dinero… se reconoce con el corazón.**