Solo siguió.
Porque la verdadera justicia no había sido verlo caer.
Había sido llegar a un punto donde su caída ya no definía su paz.
Esa noche, Emiliano la esperaba con una cena sencilla en la terraza de su casa, lejos del ruido de Monterrey. Había vino, luces cálidas y una serenidad que ya no le asustaba.
—¿Tuviste un buen día? —preguntó él.
Valeria sonrió, sentándose a su lado mientras la ciudad titilaba a lo lejos.
—Sí —dijo—. Ahora sí. Por fin, sí.
Y era verdad.
Porque a veces el hombre que te cambia por dinero y estatus cree que te condenó al abandono.
Lo que no sabe es que algunas mujeres no se rompen.
Se revelan.
Y cuando por fin vuelven a sonreír, ya no hay forma de recuperarlas.