La mujer, temblando de dolores de parto, llamó a su marido. Él, con el brazo alrededor de su amante y el teléfono pegado a la oreja, contestó sin afecto: «Si es niña, no la voy a criar. No voy a llenar mi casa con otra carga. Vete a vivir con tus padres». Y colgó.
Al día siguiente, cuando regresó a casa, su mundo ya no le pertenecía.
Esa noche, una fuerte lluvia azotó los tejados de Seattle. El viento sacudió las ventanas de los viejos edificios de ladrillo en Capitol Hill, y en el cuarto piso de un estrecho edificio sin ascensor, Emily permanecía encorvada, con una mano agarrando su vientre hinchado mientras otra contracción la desgarraba.
Apenas podía respirar. Su teléfono estaba sobre la encimera de la cocina. Con dedos temblorosos, marcó el número de su marido.
“Jason… Jason, es hora. Las contracciones se acercan. Por favor, te necesito. Tengo miedo…”
Una pausa. Luego su voz, monótona e irritada.
“No puedes estar hablando en serio. Ya te lo dije: si es otra chica, no esperes que me quede. No voy a provocar otra decepción.”
—¿Estás diciendo eso mientras tu hijo está naciendo? —exclamó Emily, con el cuerpo temblando.
“Estoy ocupado. Resuélvelo.”
La línea se cortó.
Por un instante, se quedó mirando el teléfono. Luego, otra contracción le arrancó un grito de la garganta. Se tambaleó hasta el pasillo, agarrándose a la barandilla.
Su grito llegó hasta la señora Thompson, la anciana viuda que se encontraba en la planta baja. En cuestión de minutos, la anciana subió corriendo, echó un vistazo al pálido rostro de Emily y llamó a una ambulancia.
Mientras Emily era bajada por las escaleras en una camilla, Jason estaba muy lejos de Seattle.
Se encontraba en un hotel de lujo en Aspen, recostado sobre sábanas blancas impecables, con un vaso de bourbon en la mano. A su lado yacía Brittany, su joven asistente, riendo suavemente.
—¿No te preocupa? —preguntó ella con tono burlón—. ¿Mentirle así a tu esposa embarazada?
Jason se encogió de hombros.
“Ella es frágil. Sin ambición. Sin chispa. Tú eres diferente. Cuando me des un hijo, lo dejaré todo por ti.”
Lo dijo con naturalidad, como si las promesas no costaran nada.
Mientras tanto, Emily luchó durante horas de agonía. Justo antes del amanecer, una pequeña niña llegó al mundo: pequeña, delicada, pero respirando.
La llamaron Grace.
Poco después de dar a luz, Emily perdió el conocimiento debido al agotamiento.