Laura Montenegro se quedó inmóvil en medio del salón, con la respiración agitada y la mirada clavada en la joven que estaba arrodillada frente a ella. Durante unos segundos nadie habló. Los sirvientes, paralizados, parecían estatuas decorativas en el enorme salón de mármol.

—Alguien que ha esperado este momento durante toda su vida.

Laura dio un paso hacia ella, furiosa.

—Si crees que puedes venir a mi casa y jugar con historias absurdas…

La joven la interrumpió.

—¿Recuerdas el collar?

Laura se quedó congelada.

La palabra cayó como una piedra en el silencio.

—¿Qué collar? —preguntó Laura con frialdad.

La muchacha llevó lentamente la mano a su cuello.

Debajo del uniforme, sacó una cadena fina de oro.

En el extremo colgaba un pequeño medallón en forma de estrella.

El rostro de Laura palideció.

Ese medallón…

Lo había mandado hacer especialmente.

Un regalo para su hija recién nacida.

Dentro había grabado dos palabras.

“Siempre tu mamá”.

Laura dio un paso atrás.

—Eso… eso no puede ser…

La joven abrió el medallón.

Los sirvientes se inclinaron ligeramente para mirar.

Las palabras seguían allí.

Grabadas.

Intactas.

Laura empezó a temblar.

—¿De dónde sacaste eso?

La joven habló con calma.

—Lo llevaba puesto cuando me encontraron.

Laura negó con la cabeza.

—No…

—Sí.

—No.

La joven dio un paso más cerca.

—Fui yo.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

—Soy la niña que desapareció aquel día.

El corazón de Laura empezó a latir con fuerza.

—Eso es imposible.

—¿Lo es?

La joven la miró fijamente.

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