—Pero puedo intentarlo.
Isabella respiró profundamente.
—Entonces empieza por cambiar.
Laura miró a los sirvientes alrededor.
Gente que había trabajado para ella durante años.
Gente a la que había tratado con desprecio.
—Lo haré.
Isabella sonrió por primera vez.
No una sonrisa de desafío.
Una sonrisa real.
Y en ese momento, por primera vez en décadas…
la mansión Montenegro dejó de parecer un mausoleo.
Y empezó…
a parecer un hogar.