Nada grave.
Carlitos no se separó de él ni un minuto.
Cuando volvimos a casa, el niño se quedó dormido abrazado al perro.
Los miré desde la puerta.
Uno respirando lento.
El otro vigilando incluso mientras dormía.
Pensé en ese segundo.
Ese único segundo.
El segundo en que mi dedo estaba apretando el gatillo.
Un segundo que habría cambiado nuestras vidas para siempre.
Me apoyé en el marco de la puerta.
Y entendí algo que nunca olvidaré.
A veces creemos que estamos enfrentando al monstruo.
Hasta que descubrimos…
que el monstruo estaba dentro de nosotros.