“Tengo nuevos documentos. Tengo contactos. Puedo complicar las cosas para este lugar si quiero.”
En ese momento, Elena apareció en el pasillo detrás de Rosa.
Ella vio a su tío.
El color desapareció de su rostro.
Un terror puro se reflejó en sus ojos.
Javier también la vio.
Por un instante de descuido, la máscara pulida se resbaló.
Rosa vio esa mirada y sintió que una certeza se instalaba en sus huesos: ese hombre era peligroso, y Elena lo sabía mejor que nadie.
—Vete —dijo Rosa—. Ahora mismo. O llamo a la policía.
La sonrisa de Javier reapareció, fría y tenue.
“Esto no ha terminado.”
Se dio la vuelta y salió.
Pero las cámaras de seguridad de la casa habían grabado cada palabra, cada amenaza.
Y Elena lo había visto.
La verdad, enterrada durante cinco años, comenzaba a salir a la luz.