Cuando llegó Roberto, ya estaban preparados.
Diego bajó las escaleras, todavía arrogante, dando por sentado que nada había cambiado. Pero esta vez, sus padres se mantuvieron firmes.
Le dieron a elegir.
Una orden de protección.
La suspensión total del apoyo financiero.
O una última oportunidad: seis meses en un programa de rehabilitación y control de la ira.
Por primera vez, Diego vio las consecuencias de sus actos.
Cuando Elena finalmente admitió que le tenía miedo, algo se rompió dentro de él.
Minutos después, regresó con una bolsa, listo para marcharse.
No hubo abrazos. Ni palabras de consuelo. Solo una pregunta silenciosa antes de marcharse:
“¿Alguna vez me perdonarás?”
Elena respondió con sinceridad.
“Eso depende de ti… y de si puedo volver a sentirme segura en mi propia casa.”
Tras su marcha, el silencio en la casa cambió.
Ya no estaba oprimida por el miedo.
Fue un momento tranquilo.