—No —respondió el del centro, casi en un susurro—. No tenemos.
Doña Socorro tragó saliva. Miró la olla, miró la caja de monedas, miró el sol que ya empezaba a caer y luego los volvió a mirar a ellos. Uno apretaba los labios para no llorar. Otro bajaba la vista con una dignidad triste. El tercero parecía listo para huir si alguien levantaba la voz.
Tomó una decisión que para ella no fue heroica. Fue simple.
—Vénganse —dijo, haciéndoles una seña con la mano—. Pero acérquense, que no muerdo.
Les sirvió tres porciones pequeñas de lo que había quedado: caldo, arroz, un pedazo de pollo deshebrado y tortillas calientes. No eran platos abundantes, pero sí eran platos dignos. Los niños se sentaron en las bancas de plástico, muy juntos, y al principio comieron con hambre feroz. Luego más despacio, como si el cuerpo de pronto entendiera que no estaba soñando.
Doña Socorro los observó sin decir nada. Sintió un nudo en la garganta.
—¿Cómo se llaman?
—Yo soy Mateo —dijo el primero.
—Yo, Gael —dijo el del centro.
—Y yo Damián —soltó el tercero, el más desconfiado.
Doña Socorro repitió los nombres para no olvidarlos.
—¿Y dónde duermen?
Los tres bajaron la vista.
—Donde se pueda —murmuró Gael.
Antes de que ella contestara, una voz amarga sonó a sus espaldas.
—Doña Socorro, otra vez regalando comida.
Era don Rogelio, un hombre del barrio que hablaba como si fuera dueño de la banqueta, del mercado y hasta del aire. Se dedicaba a “ayudar” a los comerciantes con permisos, inspecciones y trámites, lo que en realidad significaba cobrar cuotas para que nadie los molestara.
Miró a los niños como si fueran basura acumulada.
—Luego no se queje cuando se le llene esto de mugrosos. Después llegan los de inspección y adiós puesto.
Doña Socorro se enderezó, aunque la espalda le dolía.
—No me quejo. Ellos comen.
Don Rogelio soltó una risa breve.
—A usted la va a hundir el corazón blando.
—Peor sería que me la hundiera la maldad —replicó ella.
Los niños se quedaron inmóviles, apretando el plato. Don Rogelio chasqueó la lengua y se fue, pero dejó la amenaza flotando en el aire.
Doña Socorro esperó a que se alejara.
—Ustedes sigan comiendo —dijo en voz baja—. Y cuando terminen, me van a decir adónde van esta noche. No me voy a quedar tranquila dejándolos así.
Por primera vez, en los ojos de los tres apareció algo más que hambre.
Esperanza.