—Que mi madre deje de organizarme “citas” con hijas de sus amigas. Y que mis socios dejen de pensar que mi soltería es una debilidad.
Daniela casi se ríe, pero el miedo a Iván le apagó el humor.
—Lo voy a pensar —dijo—. Pero si Iván vuelve…
—Me llamas —respondió él, serio—. A cualquier hora.
Tres días después, Daniela llegó a la torre de Castellanos Energía con la misma sensación que se siente al entrar a un lugar donde no te quieren. La recepcionista la miró de arriba abajo como si fuera un error.
—El señor Castellanos no recibe sin cita.
Daniela apretó los labios. No venía por lujo. Venía por necesidad: Renata estaba enferma, el seguro no cubría unos estudios y el casero ya la estaba presionando.
—Dígale que Daniela Ríos está aquí —dijo, firme—. Si no me recibe, me voy y no vuelvo.
La recepcionista iba a discutir… cuando el elevador privado se abrió y Santiago apareció.
—Daniela —dijo, preocupado—. ¿Qué pasó? ¿Renata?
Esa sola pregunta le rompió la armadura. Daniela le contó todo en pocas frases, con vergüenza y rabia mezcladas.
Santiago no dudó.
—Hoy mismo la ve mi doctora. Y no es discusión.
Daniela negó con la cabeza.
—No puedo aceptar eso.
—Sí puedes —respondió él—. Porque no es caridad. Es humanidad. Y porque tu hija no va a pagar el precio del orgullo de los adultos.
Esa tarde, Renata fue atendida. Nada grave. Una infección viral. Pero el gesto —la rapidez, el cuidado— dejó a Daniela con una sensación peligrosa: alivio.
Y el alivio, cuando has vivido años en guerra, se parece demasiado al amor.
El siguiente sábado llegó la gala en Bellas Artes. Vestidos, flashes, nombres. Daniela, tomada del brazo de Santiago, sintió las miradas como agujas… hasta que una mujer se les atravesó con sonrisa de cuchillo: Paloma Luján.
—Santi… —ronroneó—. ¿Nueva adquisición?
Daniela apretó la mandíbula. Santiago, tenso, solo dijo:
—Paloma. Ya basta.
Después apareció la madre de Santiago, doña Elena Castellanos, elegante, severa.
—Así que tú eres Daniela —la evaluó—. La mujer que tiene a mi hijo cancelando juntas.
Daniela levantó la barbilla.
—Con respeto, señora… su hijo me ofreció seguridad. Y yo estoy aquí porque lo acepté. No para robar nada.
Elena la miró un segundo largo… y, para sorpresa de todos, sonrió apenas.
—Tiene carácter. Lo vas a necesitar en esta familia.
Parecía que la noche se acomodaba. Hasta que, camino al baño, Daniela sintió un jalón.
Iván.
—¿Te crees intocable ahora? —escupió—. Cuando te deje, vas a volver conmigo.
El miedo regresó como golpe en el estómago.
—Suéltala —dijo Santiago desde la sombra.
Esta vez no hubo beso. Hubo frío. Y dos hombres de seguridad detrás de él.
Iván soltó. Pero antes de irse, le susurró a Daniela:
—Esto no acaba.
Esa madrugada, a Daniela le deslizaron un sobre bajo la puerta. Fotos de Santiago con mujeres, recortes de un “escándalo” sobre “salvador de mujeres vulnerables”, un mensaje de Paloma: “Ten cuidado. Él colecciona rescates. No familias.”
Daniela sintió que el piso desaparecía. ¿Y si era cierto? ¿Y si ella era “otro caso”? ¿Y si Renata…?
Corrió a enfrentarlo. Santiago no negó su pasado, pero tampoco se defendió con arrogancia.
—Hace años intenté ayudar a una mujer que estaba en peligro —confesó, con voz rota—. Creí que mi dinero bastaba. No bastó. Murió. Y desde entonces vivo con la culpa… y con la necesidad enferma de salvar a otros para compensarlo.
Daniela se quedó sin aire.
—Entonces… ¿yo soy tu penitencia?
Santiago la miró como si eso le doliera físicamente.
—No. Pero entiendo que lo parezca. Te doy espacio. Decide tú.
Daniela se fue temblando… y esa misma noche, el infierno se abrió de verdad: su vecina, la niñera, estaba en el piso, herida. Renata había desaparecido.
Daniela gritó. Llamó a la policía. Se rompió por dentro.
Y Santiago apareció.