Su cuerpo comenzó a temblar violentamente.
Las lágrimas silenciosas se convirtieron en sollozos profundos y desgarradores.
Miró a su hija con una mezcla de terror y frágil esperanza que los guardias recordarían por el resto de sus vidas.
—¿Es cierto? —logró decir con voz temblorosa.
Elena asintió solemnemente.
Mateo se puso de pie con tanta fuerza que la silla atornillada se volcó hacia atrás.
Los guardias se abalanzaron sobre él, pero no intentaba luchar ni huir.
Gritaba, gritaba con una fuerza que nadie le había oído en cinco años…
Suplicó ver a su hijita una última vez antes de que ejecutaran la sentencia… pero lo que ella le susurró al oído cambió por completo su destino.
El reloj de pared marcaba las 6:00 en punto cuando la pesada puerta metálica del pabellón D se abrió con un crujido.
Cinco largos años. Cinco años gritando su inocencia contra paredes de hormigón indiferentes.
Ahora, a tan solo unas horas de la marcha final, Mateo Vargas tenía una última petición.
—Necesito ver a mi hija —dijo con la voz quebrada y ronca.
Ese es mi único deseo.
Déjame ver a la pequeña Elena antes de que todo termine.
El oficial más joven desvió la mirada, incómodo. El de mayor rango resopló y escupió al suelo.
Los convictos no pueden hacer exigencias.
Ella solo tiene ocho años.