—¿Cómo se declara la acusada?

La sala quedó en silencio.

Ese tipo de silencio que pesa más que el ruido.

Mariana apretó los dedos dentro de los guantes amarillos. El látex chirrió contra la madera. Miró al juez, luego al fiscal… y finalmente a Santiago.

Durante tres años había vivido en su casa.

Había visto sus hijos enfermarse de gripe.

Había limpiado vómito a las tres de la mañana.

Había cosido un botón del uniforme escolar de Gaelito… el pequeño que siempre se olvidaba de todo.

Y ahora él no podía ni mirarla.

Mariana respiró hondo.

—Señoría… yo…

La puerta del tribunal se abrió de golpe.

El sonido hizo que todos se giraran.

Dos niños entraron corriendo.

—¡Papá!

El eco de esa palabra atravesó la sala.

Los gemelos.

Emiliano y Gael.

El alguacil intentó detenerlos, pero ya estaban en medio del pasillo central.

Mariana se levantó de golpe.

—¡No! ¡Niños!

Pero ya era tarde.

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