La vida en las montañas era agotadora.

El cuerpo de Ellie dolía por las tareas: cargar agua, fregar suelos, cocinar sobre una hoguera abierta.
Pero se negó a quejarse.
Observaba a Caleb trabajar incansablemente, y las caritas hambrientas de los niños le daban un propósito.
Un día, Mia enfermó de fiebre.
Ellie se quedó despierta toda la noche, refrescándose la frente con paños húmedos.
Caleb observó en silencio, suavizando la mirada.
Cuando Mia se recuperó, abrazó a Ellie por primera vez, susurrándole: “Gracias.” El corazón de Ellie se hinchó de alegría. Ben también empezó a acercarse, pidiendo leer historias. Por primera vez, Ellie sintió que pertenecía, aunque solo fuera un poco.
Empezó a ver las montañas de otra manera. Los pinos imponentes, el aire fresco, el silencio.
Era hermoso a su manera.
Empezó a caminar a diario, explorando senderos para despejar su mente.
El ejercicio era duro, pero le daba fuerza, y notó que su ropa le quedaba más holgada y sus pasos eran más ligeros.
Las montañas, que antes la intimidaban, se estaban convirtiendo en su refugio.
Poco a poco, Caleb también empezó a abrirse.
Durante la cena, compartió historias de su difunta esposa, Sarah, que murió en el parto.
Ellie escuchó, con el corazón encogido por su pérdida, y compartió su propio dolor: la crueldad de su padre, su lucha con su peso.
Por primera vez, rieron juntos. Ellie se dio cuenta de que Caleb no era el hombre frío que temía, sino alguien que cargaba con sus propias penas.