Y caminaba con la seguridad de alguien que no entra a una sala de tribunal… sino a su propia casa.
Sus tacones resonaban contra el piso como un metrónomo.
Tac.
Tac.
Tac.
Eduardo frunció el ceño.
—¿Y esta quién es?
Camila la miró.
Y algo cambió en su rostro.
Primero sorpresa.
Luego incredulidad.
Luego… lágrimas.
—¿Mamá…?
El susurro fue tan bajo que casi nadie lo escuchó.
Pero el juez sí.
La mujer se detuvo frente a la mesa.
—Disculpe la demora, señoría —dijo con una voz tranquila, firme—. El tráfico en Reforma es un crimen peor que muchos de los que se juzgan aquí.
El juez la miró con atención.
—¿Y usted es…?
La mujer abrió su portafolio.
Sacó una credencial.
La colocó sobre la mesa.
—Licenciada **Isabel Ríos Delgado**.
Un murmullo recorrió la sala.
Incluso el abogado Falcón levantó la cabeza.
El juez tomó la credencial.
Sus cejas se elevaron.
—¿La Isabel Ríos?
La mujer sonrió apenas.
—La misma.
El murmullo creció.
Porque en los círculos legales de la ciudad ese nombre no era cualquiera.
Isabel Ríos había sido **la fiscal más temida de la Procuraduría durante veinte años**.
Había encarcelado empresarios.
Políticos.
Banqueros.
Y luego desapareció del mundo público… hace más de una década.
El juez aclaró la garganta.