¡BAM! La puerta del fondo se abrió de golpe.

—Licenciada… según el expediente… usted estaba fallecida.

Isabel levantó una ceja.

—Los rumores de mi muerte han sido exagerados.

Varias personas en la sala soltaron pequeñas risas nerviosas.

Eduardo no.

Eduardo estaba pálido.

Miró a Camila.

—Tú dijiste que tu madre…

Camila no respondió.

Isabel lo miró como quien examina un insecto.

—Mi hija pensó que estaba muerta.

—Era más seguro para ella.

Falcón intervino, intentando recuperar terreno.

—Señoría, con todo respeto, esta aparición teatral no cambia el procedimiento.

Isabel giró lentamente hacia él.

—Licenciado Falcón.

—He leído algunos de sus casos.

—Interesantes.

Falcón sonrió con frialdad.

—Siempre gano.

Isabel asintió.

—Sí.

—Cuando la otra parte no tiene evidencia.

Abrió su portafolio.

Sacó **tres carpetas gruesas**.

Las dejó caer sobre la mesa.

El sonido fue pesado.

—Pero hoy… sí la hay.

Eduardo se movió en su silla.

—¿Qué es eso?

Isabel abrió la primera carpeta.

—Transferencias bancarias ocultas.

La segunda.

—Propiedades adquiridas durante la sociedad conyugal que usted registró a nombre de terceros.

La tercera.

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