Cámaras ocultas en la mansión de un millonario expusieron un oscuro plan destinado a robarle su fortuna y herencia.

CONEXIÓN PERDIDA.
SISTEMA DE SEGURIDAD COMPROMETIDO.

Roberto se levantó tan rápido que su silla chocó contra la pared.

El sudor frío empapaba su camisa mientras un terror como nada que hubiera conocido le invadía. Esto no fue una toma hostil. Esto no fue un colapso financiero.

Este era su hijo.

En algún lugar de esa casa.
Solo.
Con alguien que nunca había sido quien decía ser.

Y por primera vez en su vida, Roberto Herrera se dio cuenta de que todo el poder que había construido no significaba nada—a menos que pudiera llegar a Ana a tiempo.

Y lo que Elena hubiera planeado…
Ya estaba en marcha.

¡Comprometido! La palabra resonó en su cabeza como un disparo. ¿Cómo fue posible?

Había invertido una fortuna en este sistema, diseñado para ser irrompible. Fue obra de los mejores ingenieros. Roberto se levantó de la silla, tirándola en el proceso. No había tiempo para pensar, solo para actuar. Cogió las llaves de su coche deportivo, un velocista que solía disfrutar, pero que ahora era solo un medio desesperado para llegar a su hija.

El trayecto desde su oficina en el centro hasta su mansión en las colinas se convirtió en una odisea. Cada semáforo en rojo era una tortura, cada coche delante de él un obstáculo insoportable.

Su mente corría, repasando la imagen de Elena, su sonrisa helada, el objeto brillante, la mano que buscaba a Ana. ¿Era veneno? ¿Una droga para sedarla? ¿Un secuestro? Las posibilidades eran infinitas, y todas ellas horribles.

Cuando por fin llegó a la imponente verja de su propiedad, el pánico se transformó en una furia fría y controlada. Los guardias de seguridad, dos hombres corpulentos que deberían haber estado vigilando la entrada, no estaban por ninguna parte.

La puerta estaba abierta. Un escalofrío le recorrió la espalda. Esto no fue un simple robo. Era algo mucho más organizado, mucho más siniestro.

Roberto irrumpió en la mansión, el eco de sus pasos reverberando por los vastos pasillos de mármol. La casa estaba en silencio. Un silencio pesado y antinatural.

No había rastro de Elena, ni de los otros sirvientes que normalmente estaban en la casa a esa hora. Corrió hacia la habitación de Ana, con el corazón latiendo con fuerza en sus oídos. La puerta estaba entreabierta.

Empujó la puerta y entró, conteniendo la respiración. Ana estaba en su cama, exactamente como la había visto en la grabación. Estaba dormida. Pacíficamente.

Demasiado pacíficamente. Roberto se acercó a ella, con las manos temblorosas. Le tocó la frente. Hacía frío. Un terror helado le envolvió.

“¡Ana! ¡Ana, despierta!” susurró, luego gritó, sacudiéndola suavemente. Pero Ana no respondió. Tenía los ojos cerrados, la respiración apenas perceptible.

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