Santiago caminó lentamente hacia el centro.
Se detuvo frente a ella.
Su voz era baja.
—Mariana…
Ella levantó la cabeza.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Lo siento —dijo él.
Pero Mariana negó suavemente.
—No me lo digas a mí.
Miró a los niños.
—Díselo a ellos.
Santiago se arrodilló frente a los gemelos.
Y por primera vez en toda su vida de millonario…
entendió algo que ningún dinero podía comprar.
La verdad…
siempre encuentra la forma de salir a la luz.