—Porque quería ver quién eras.
—Quería saber si aún existía una madre.
Los ojos de Laura se llenaron de culpa.
—Y entonces… entraste aquí como empleada.
La joven asintió.
—Sí.
Los sirvientes contuvieron la respiración.
Laura susurró:
—¿Todo este tiempo…?
—Sí.
—¿Todo este tiempo supiste quién era yo?
La joven negó con la cabeza.
—No al principio.
—Pero cuando vi las fotos…
—Cuando escuché las historias…
—Cuando vi ese retrato tuyo con una niña…
—Supe la verdad.
Laura empezó a sollozar.
—Entonces… ¿por qué no me lo dijiste?
La joven la miró con una mezcla de dolor y honestidad.
—Porque quería saber quién te habías convertido.
El silencio volvió a caer.
—Quería saber si la mujer que perdió a su hija…
—seguía teniendo corazón.
Laura bajó la cabeza.
—Y ahora… ya lo sabes.
La joven no respondió de inmediato.
Miró alrededor del salón.
A los sirvientes.
A la mansión.
A la riqueza.
Luego volvió a mirar a Laura.
—Sí.
Laura levantó los ojos llenos de lágrimas.
—¿Y qué viste?
La joven habló con suavidad.
—Vi a una mujer rota.
—Que convirtió su dolor en dureza.
Laura cerró los ojos.
—Perdí todo.
—A ti.
—A tu padre.
—Y después…
—Me perdí a mí misma.
La joven respiró hondo.
—Durante años pensé que si te encontraba…
—sería feliz.
Laura se inclinó hacia ella.
—Podemos arreglarlo.
—Podemos empezar de nuevo.
La joven sonrió con tristeza.
—No es tan simple.
Laura extendió la mano temblorosa.
—Por favor…
—Dime tu nombre.
La joven respondió.
—Isabella.
Laura empezó a llorar más fuerte.
—Ese era el nombre que le puse a mi hija.
Isabella asintió.