—Lo sé.
El silencio se llenó de emociones que nadie sabía cómo manejar.
Laura se levantó lentamente.
Caminó hacia ella.
Se detuvo a un paso.
Tenía miedo.
Miedo de tocarla.
Miedo de que desapareciera otra vez.
—¿Puedo…?
Isabella dudó un segundo.
Luego asintió.
Laura la abrazó.
Por primera vez en veinte años.
Y el abrazo fue torpe.
Desesperado.
Real.
Laura susurró entre lágrimas:
—Perdóname.
Isabella cerró los ojos.
—Yo también tengo que perdonar.
Los sirvientes comenzaron a llorar en silencio.
Porque entendieron algo en ese momento.
Durante años habían visto a Laura Montenegro como una mujer cruel.
Una mujer fría.
Pero ahora veían algo más.
Una madre.
Una madre que había perdido a su hija.
Y que finalmente…
la había encontrado otra vez.
Isabella se separó lentamente.
Miró a su madre.
—Esto no borra lo que pasó.
Laura asintió.
—Lo sé.