Tenía 16 cuando mi madre me dejó en el aeropuerto
como si yo fuera un bolso olvidado.
—Arréglatelas… ya sabes —dijo, encogiéndose de hombros.
Y se fue.
De vacaciones.
Con su nuevo esposo
y sus hijos “perfectos”.
Me quedé con el billete en la mano
y el corazón hecho polvo.
No lloré.
No frente a ellos.
Me senté.
Respiré.
Y llamé al único nombre que juré no volver a pronunciar:
mi padre, el “ausente”.
No preguntó nada.
Solo dijo:
—Quédate ahí.
Treinta minutos después,
aterrizó un jet privado.
Y cuando mi madre regresó…
encontró mi habitación vacía
y un aviso legal esperándola.
Fue en el aeropuerto de Ciudad de México.
Un sábado de julio.
Colas interminables.
Familias felices arrastrando maletas.