—¡Esto es por su culpa! —gritó Álvaro.
Diego no se movió.
“No.”
Pausa.
“Esto es por lo que hiciste.”
Horas después…
Álvaro se marchó.
Sin oficina.
Sin luz.
Nada.
Cuando llegó a casa…
Se cambiaron las cerraduras.
Días después, suplicó.
“Perdóname…”
“No lo sabía…”
“Podemos solucionar esto…”
Pero ya era demasiado tarde.
Camila se encontraba ahora en su propia oficina.
Su nombre en la puerta.
—¿Estás bien? —preguntó Diego.
Ella asintió.
“Sí.”
Pausa.
“Ahora lo soy.”
Ella contempló la ciudad.
Todo igual.
Excepto ella.
—¿Sabes cuál es la parte más irónica? —preguntó.
“¿Qué?”
Ella sonrió levemente.
“Nunca fui débil.”
Pausa.
“Simplemente estaba en el lugar equivocado.”
Y por primera vez en mucho tiempo…
Ella respiraba libremente.
Sin miedo.
Sin permiso.
Sin cadenas.
Porque lo que Álvaro creía que era poder…
Solo fue prestado.
Y cuando desapareció…
No le quedaba nada.
Pero ella…
Incluso marchándose con las manos vacías—
Nunca perdí lo que más me importaba.
Sí misma.