—Mira, papá. Tienen mis cejas… y mi hoyuelo —susurró, fascinado.
Eduardo se acercó despacio, y el pánico se le subió a la garganta. Los rasgos eran demasiado similares para ser casualidad: la forma ovalada del rostro, la curvatura de las cejas, incluso el hoyuelo en la barbilla… el mismo que Pedrito había heredado de Patricia, su madre.
—Hijo, levántate. Ahora —insistió Eduardo, intentando mantener la voz firme.
Uno de los niños se movió, abrió los ojos con dificultad… y dejó ver un par de ojos verdes, idénticos a los de Pedrito: el color, la forma almendrada, esa intensidad inquieta que Eduardo conocía de memoria.
El niño se asustó al verlos tan cerca y tocó el hombro de su hermano con urgencia. En segundos, los dos estaban sentados, temblando.
—No nos hagan daño, por favor —dijo el de cabello claro, poniéndose delante del moreno con un gesto protector.
Eduardo sintió que las piernas le fallaban. Ese movimiento… esa manera de “cubrir” al más pequeño… era exactamente lo que Pedrito hacía en la escuela cuando veía a alguien en problemas.
—¿Cómo se llaman? —preguntó Pedrito con la naturalidad de sus cinco años, como si la vida no pudiera ser cruel con niños.
El de cabello claro dudó un instante, midiendo si aquella voz infantil era una trampa.
—Yo soy Lucas —respondió al fin—. Y él es Mateo… mi hermano.
Eduardo se quedó helado. Lucas y Mateo.
Eran los nombres que él y Patricia habían escrito en un papel años atrás, por si el embarazo —complicado, vigilado, lleno de alarmas— terminaba en trillizos. Aquel papel seguía guardado en un cajón, como un secreto que dolía mirar. Eduardo jamás había dicho esos nombres en voz alta frente a Pedrito. Jamás.
—¿Tienen… hambre? —preguntó Eduardo, arrodillándose sin pensar en el traje ni en el reloj.
Mateo bajó la mirada, avergonzado.
—Ayer un señor de una panadería nos dio un sándwich viejo… para compartir. Hoy… nada.
Pedrito abrió su mochila, sacó un paquete entero de galletas rellenas y se los ofreció con las dos manos.
—Tomen. En mi casa siempre hay más. Mi papá compra muchas.
Lucas miró a Eduardo como pidiendo permiso, con una educación que no cuadraba con el colchón sucio ni con los pies heridos.
Eduardo asintió, con un nudo en la garganta.
Los dos niños comieron despacio, partiendo cada galleta con cuidado, ofreciéndose el pedazo primero, como si incluso el hambre tuviera reglas. Cuando dijeron “muchas gracias” al mismo tiempo, Eduardo sintió un escalofrío: la entonación era igual a la de Pedrito. No solo la voz: el ritmo, la forma de pronunciar.
—¿Dónde está la persona que los cuidaba? —preguntó Eduardo, obligándose a respirar.
—La tía Marcia —dijo Lucas—. Nos trajo aquí de madrugada hace tres días. Dijo que iba a volver… y que alguien iba a aparecer para ayudarnos.
El nombre le golpeó el pecho. Marcia. La hermana menor de Patricia.
La mujer inestable, con deudas, con historias de adicciones, con novios violentos, que estuvo en el hospital el día del parto haciendo preguntas raras… y que luego desapareció después del funeral con la excusa de “no soportar la ciudad”.
Eduardo miró a Pedrito, y Pedrito lo miró a él con una claridad que no era de niño.
—Papá… ellos están hablando de mí, ¿verdad? Yo soy el que se quedó contigo.
Eduardo apretó los labios para no romperse allí mismo, en la banqueta, frente a los curiosos, frente al ruido de la ciudad.
—Vamos al coche —dijo al fin, con voz ronca—. Vamos a un lugar seguro. Vamos a comer. A bañarnos. A… estar bien.
Lucas y Mateo se miraron, la desconfianza aprendida peleando contra una esperanza demasiado grande.
—¿No nos van a hacer daño después? —preguntó Lucas, pequeño pero valiente.