“¡PAPÁ, ESOS NIÑOS EN LA BASURA SON IGUALES A MÍ!” NIÑO IMPACTA A MILLONARIO

“¡PAPÁ, ESOS NIÑOS EN LA BASURA SON IGUALES A MÍ!” NIÑO IMPACTA A MILLONARIO

—Papá… esos dos niños durmiendo en la basura se parecen a mí —dijo Pedrito, señalando con su dedo pequeño hacia la acera.

Eduardo Fernández se detuvo en seco. El ruido del centro de Ciudad de México siguió su curso —claxonazos, vendedores pregonando, una sirena lejana—, pero en el pecho de Eduardo algo se apretó como un puño. En una esquina, entre bolsas negras abiertas y cartón húmedo, había un colchón viejo. Encima, dos niños de la edad de su hijo dormían abrazados, encogidos como si quisieran desaparecer. Tenían los pies descalzos, lastimados; la ropa sucia, rasgada. Uno era de cabello castaño claro y rizado; el otro, más moreno, con el mismo tipo de rizos, solo un tono más oscuro.

Eduardo tragó saliva y, por instinto, tiró suavemente de la mano de Pedrito.

—Vámonos, hijo. No mires… —dijo, sin convencerse ni a sí mismo.

Pero Pedrito se soltó con una fuerza sorprendente y corrió hacia ellos.

—¡Pedrito! —Eduardo lo siguió de inmediato, el miedo picándole la nuca. No solo por la miseria, sino por el barrio: a esa hora la zona se volvía territorio de miradas largas, manos rápidas, negocios sucios.

Pedrito se arrodilló junto al colchón como si estuviera en el patio de su escuela, sin importar que su uniforme caro se manchara de polvo.

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