—Papá… La voz de Carlitos salió débil, temblorosa.

El perro que estaba a punto de matar.

Seguía ahí, pegado a nosotros.

Temblando.

Sus orejas bajas.

La cola inmóvil.

No gruñía.

No mostraba los dientes.

Solo respiraba rápido, como si acabara de correr kilómetros.

Miré la serpiente otra vez.

Una víbora grande.

Gruesa.

Peligrosa.

El cuerpo partido en dos todavía se movía.

Si hubiera alcanzado a Carlitos…

No quise terminar ese pensamiento.

Carlitos señaló con la mano.

—Balam… saltó.

—¿Saltó?

—Sí.

Su voz era entrecortada.

—La víbora salió de las plantas… y yo me caí…

Miré el suelo.

Las macetas volcadas.

La tierra revuelta.

Carlitos continuó.

—Y Balam… ¡pum!… se lanzó.

Imitó el movimiento con su mano.

—La mordió.

Balam gimió suavemente, como si entendiera que hablaban de él.

Miré su hocico.

La sangre.

Leave a Comment