—Papá… La voz de Carlitos salió débil, temblorosa.

Pero también vi algo más.

Una pequeña herida en su pata.

Mi corazón se encogió.

—¿Te mordió? —susurré.

El perro no respondió, claro.

Pero me miró.

Y en esa mirada había algo que me atravesó.

Confianza.

La misma confianza que yo había estado a punto de traicionar con una bala.

Bajé la cabeza.

La pistola estaba en el suelo, a pocos centímetros.

Apenas unos segundos antes…

Yo estaba listo para disparar.

Listo para matar al animal que acababa de salvar a mi hijo.

Sentí náuseas.

Carlitos acarició la cabeza de Balam.

—Es un héroe.

Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—Sí… lo es.

El niño me miró.

—¿Por qué trajiste la pistola?

No supe qué responder.

La verdad era fea.

Porque yo siempre había odiado a ese perro.

Desde el primer día.

Desde que mi esposa llegó con él en brazos, sucio, flaco, lleno de cicatrices.

—Lo encontré en la carretera —había dicho ella—. Si lo dejamos, se muere.

Yo había protestado.

—Es peligroso.

—Está asustado.

—Puede atacar a Carlitos.

—O puede cuidarlo.

Yo nunca le creí.

Durante meses miré a Balam con desconfianza.

Cada gruñido.

Cada ladrido.

Cada movimiento.

Todo confirmaba mis prejuicios.

O eso pensaba.

Hasta ahora.

Carlitos se sentó lentamente.

Balam no se separó de él ni un centímetro.

—Papá…

—¿Sí?

—Si disparabas…

No terminó la frase.

Pero no hacía falta.

Leave a Comment