Sentí un peso terrible en el pecho.
—Lo sé.
Tomé la pistola.
No para usarla.
Para guardarla.
Porque en ese momento entendí algo.
La verdadera amenaza no había sido el perro.
Había sido mi miedo.
Mi prejuicio.
Mi impulso.
Miré a Balam otra vez.
Se había acostado junto a Carlitos.
Protegiéndolo todavía.
Como si la serpiente pudiera volver.
Extendí la mano lentamente.
El perro me observó.
No se movió.
No retrocedió.
Solo esperó.
Acaricié su cabeza.
Su pelo era áspero.
Caliente.
Vivo.
—Gracias —susurré.
Balam cerró los ojos un segundo.
Como si entendiera.
Carlitos sonrió.
—Ahora sí te cae bien, ¿verdad?
Reí entre lágrimas.
—Sí, hijo.
—Mucho.
Esa noche llevamos a Balam al veterinario.
La mordida había sido superficial.