Antes de apagar la luz, escuché la voz de Livia desde el otro lado del pasillo:
—Buenas noches, mamá.
Sonreí.
—Buenas noches, hija.
Cerré los ojos con el corazón ligero.
Porque en esa casa no había despedida.
Había continuidad.
No había abandono.
Había gratitud.
Y sobre todo, la certeza tranquila de que todo amor sembrado, algún día florece.
Y el nuestro… apenas estaba comenzando a florecer de nuevo.