No respondió. Solo abrió el clóset, sacó una maleta vieja y empezó a doblar algunas de mis prendas. Yo me quedé ahí, como si estuviera pegada al piso de azulejo, con el corazón latiendo con fuerza. Ya estaba vieja… ya estaba débil… ¿Acaso me estaba llevando a un lugar donde “dejan” a las personas mayores como yo?
Subimos al coche. La ciudad de Guadalajara quedó atrás —las avenidas conocidas, las casas de colores, las luces amarillas de los postes deslizándose por la ventana. Volteé el rostro, intentando contener el llanto. Durante todo el trayecto lloré en silencio.
En mi mente solo había una pregunta:
¿Habrán sido en vano todos esos años de amor y dedicación?
El coche tomó la carretera hacia las afueras de la ciudad. El viento nocturno entraba por la rendija de la ventana, trayendo olor a tierra húmeda y el murmullo lejano de la ciudad. Apreté el borde de mi blusa, sintiendo el pecho oprimido.
Pero cuando el coche finalmente se detuvo… y vi a dónde realmente habíamos llegado… me quedé sin aliento.
Frente a mí no había rejas grises ni un letrero frío con la palabra “Asilo”.
No había muros altos ni ventanas con barrotes.
Había luz.
El coche se había detenido frente a una casa blanca y amplia, con terraza, rodeada por un jardín iluminado con pequeñas farolas doradas. Las bugambilias trepaban por las paredes y podía escucharse el sonido suave del agua de una pequeña fuente en el patio.
Me sentí confundida.
—Livia… —mi voz salió apenas audible— ¿dónde estamos?
Apagó el motor, respiró hondo y por fin me miró. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Mamá… bájate conmigo.