Años atrás, antes de que Roberto muriera, yo pintaba. Soñaba con hacer pequeñas exposiciones, quizá vender algunos cuadros. Pero después de su partida, toda mi energía se enfocó en criar a Livia.
Nunca me arrepentí.
Pero había guardado ese sueño en una caja silenciosa dentro de mí.
—El otro día vi que tus manos temblaban —continuó—. No de debilidad. De nostalgia. Siempre viviste por mí. Ahora me toca a mí vivir un poco por ti.
La abracé.
Un abrazo largo, profundo, de esos que cargan décadas enteras.
—Pensé que me estaba convirtiendo en una carga…
Se separó y sostuvo mi rostro con ternura.
—Nunca fuiste una carga. Fuiste mi refugio. Cada noche que te quedaste despierta cuando yo tenía fiebre. Cada turno extra para pagar mi universidad. Cada consejo. Cada abrazo. No me debes nada, mamá. Yo te lo debo todo.
Las personas comenzaron a entrar con comida, flores y risas. Alguien puso música suave de fondo, una canción antigua que yo escuchaba mientras pintaba cuando Livia era pequeña.
Luego me llevó al centro de la sala.
—Hay algo más.
Sentí que el corazón no soportaría otra sorpresa.
Tomó un sobre de la mesa.
—Acepté un nuevo trabajo hace seis meses. Por eso estuve distante. Estaba arreglando papeles, el crédito, las remodelaciones… Esta casa se estaba preparando para ti.
Mis manos temblaban al abrir el sobre.
Dentro estaba la escritura.
Mi nombre.
Oficialmente.