La frase cayó en la habitación como una piedra en agua quieta.
Me quedé mirándola, intentando entender si hablaba en serio.
—Verónica… —dije lentamente— tienes sesenta años.
Ella no se ofendió.
Ni siquiera sonrió.
Solo caminó hacia la cómoda, abrió un cajón y sacó un pequeño frasco de medicamentos.
—Eso es lo que todos creen.
Mi corazón empezó a latir más fuerte.
—¿Qué significa eso?
Verónica se sentó frente a mí otra vez. Sus ojos ya no tenían la suavidad que conocía; ahora había algo más… algo calculado.
—Alejandro, quiero que escuches con atención.
Abrió el frasco y sacó una pequeña cápsula.
—Hace treinta años me diagnosticaron una enfermedad rara. Una condición hormonal que detuvo mi envejecimiento biológico durante mucho tiempo.
Fruncí el ceño.
—No entiendo.
Ella me miró fijamente.
—Mi edad legal es sesenta años… pero mi edad reproductiva es mucho menor.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—¿Qué?
Verónica tomó otra carpeta y me la entregó.
Dentro había estudios médicos, análisis, diagnósticos.
Un médico había escrito claramente:
**“Capacidad reproductiva activa. Biológicamente comparable a una mujer de 38–40 años.”**
Mis manos empezaron a temblar.
—¿Por qué nadie sabe esto?