Salía de la tintorería con los trajes de mi marido cuando una compañera me dijo: “No está de viaje, lleva días con otra mujer”, y en ese momento comprendí por qué mi matrimonio ya era una mentira.

“Mi esposo no está en Monterrey. Se ha estado quedando en casa de Patricia.”

Así terminó mi matrimonio: mientras yo permanecía allí de pie, sosteniendo sus trajes recién planchados.

Aún hoy, ese detalle me produce una profunda humillación. No fue el café de Roma. Ni la tranquila tarde del martes. Ni siquiera el hombre que, sin saberlo, destrozó mi vida. Fueron esos tres trajes: perfectamente planchados, sellados en plástico, con ese penetrante olor a químicos que pretende que todo está limpio… incluso cuando no lo está.

Esa mañana, crucé media ciudad solo para recogerlos. La noche anterior, lo preparé todo: le dejé la camisa lista, consulté el tiempo en Monterrey, le empaqué sus artículos de aseo e incluso guardé su tarjeta de embarque en el teléfono para que no la perdiera. Esos pequeños gestos que uno hace por alguien a quien ama. O tal vez por alguien que cree que también lo ama.

Julián me encontró de pie junto al mostrador, esperando mi café. Ya lo había visto antes, en los eventos de la empresa de Mauricio, siempre en segundo plano, siempre observando más que hablando.

—¿No se suponía que ibas a viajar con Mauricio esta semana? —preguntó con naturalidad.

—No —respondí sin pensarlo—. Está en Monterrey.

Algo cambió en su expresión.

No fue dramático. Solo una pausa. Un cambio sutil, como cuando alguien se da cuenta de que sabe algo que tú no sabes.

—Renata… no está en Monterrey —dijo con suavidad—. Ha estado en casa de Patricia. Creí que lo sabías.

El bullicio del café desapareció. El zumbido de las máquinas, las conversaciones, las risas, todo se desvaneció como si estuviera tras un cristal.

Patricia.

La misma mujer que había trabajado en su departamento durante años. La misma mujer que se había sentado a mi mesa, había comido mi comida, me había sonreído y una vez me dijo lo afortunado que era Mauricio de tenerme.

—Me dijo que era un viaje de trabajo —murmuré.

Julián cerró los ojos brevemente. —Lo siento. En la oficina todos hablan de ello tan abiertamente… Supuse que había algún tipo de acuerdo.

Un acuerdo.

Como si hubiera aceptado voluntariamente ser reemplazado.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

Dudó lo justo para darme la respuesta.

VER PÁGINA SIGUIENTE

Leave a Comment