Sofía sostuvo el teléfono unos segundos después de que la llamada terminara.

El silencio del cuarto parecía más pesado que nunca.

Miró a Laura.

La pequeña respiraba rápido, con las mejillas encendidas por la fiebre. Sus pequeños dedos se abrían y cerraban débilmente sobre la manta vieja.

Sofía se sentó al borde de la cama.

—¿Qué hago, mi amor…? —susurró.

Si no iba al trabajo, perdería el empleo.

Si perdía el empleo, no podría pagar la habitación.

Y si no podía pagar la habitación…

No quería pensar en eso.

Pero tampoco podía dejar a Laura sola.

Tomó el rostro caliente de la bebé entre sus manos y cerró los ojos.

—Está bien —murmuró finalmente—. Vamos juntas.

Treinta minutos después, Sofía caminaba bajo la llovizna con Laura envuelta en una manta contra su pecho.

Tomó dos autobuses.

Luego caminó otras seis cuadras.

Y finalmente llegó.

La mansión estaba en una calle privada del Morumbi.

Una propiedad enorme rodeada por muros altos y cámaras de seguridad.

El tipo de lugar que Sofía solo había visto en televisión.

Respiró hondo.

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