Una chica tímida deja una nota en un coche rayado, sin saber que pertenece al mismísimo CEO.

Una chica tímida deja una nota en un coche rayado, sin saber que pertenece al mismísimo CEO.

La lluvia caía sobre Monterrey con la violencia de una confesión tardía. Golpeaba el parabrisas como si quisiera romperlo, convertirlo en polvo y obligar al mundo entero a mirar lo que normalmente nadie veía: a una muchacha tímida, de 26 años, aferrada al volante de un sedán viejo que ya no debía seguir vivo, buscando desesperadamente un lugar donde estacionarse frente a la torre de cristal de Herrera Arquitectos, una de las firmas más exclusivas de San Pedro Garza García.

Se llamaba Ariana Salgado. Era recepcionista temporal. Invisible para casi todos.

Vivía al día, contaba monedas al final de cada quincena y llegaba siempre diez minutos antes de su hora porque había aprendido desde niña que ser puntual evitaba preguntas, y las preguntas atraían atención, y la atención casi siempre terminaba en juicio.

Metió reversa con cuidado. El coche gimió.

Y entonces pasó.

El sonido fue breve, feroz, inconfundible.

Metal contra metal.

Ariana sintió que el corazón se le desplomaba hasta los zapatos. Delante de ella, un sedán negro de lujo, brillante como una promesa imposible, ahora tenía un rasguño largo y cruel en la puerta del conductor. Uno de esos daños que gritaban dinero. Mucho dinero.

Se quedó helada.

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