—¿Sarah?
Marta la miró con ternura infinita.
—Mi hija. Murió hace veinte años, en un accidente. Tenía tu edad. Tus mismos ojos, más o menos. Por eso te vi desde el primer día. Por eso supe que no podías quedarte invisible.
Las lágrimas brotaron sin permiso.
—Tú me salvaste.
—No, mi niña. Yo solo te señalé el camino. Tú fuiste la que se atrevió a caminarlo.
Antes de irse, Marta tomó las manos de Ariana y le dijo lo último que ella nunca olvidaría:
—La bondad siempre regresa. A veces tarda. A veces duele. Pero siempre encuentra el camino de vuelta.
Aquella tarde, Ariana bajó al estacionamiento y se quedó mirando el coche de Rodrigo.
El rayón seguía ahí.
—Todavía no lo arreglas —dijo cuando él llegó a su lado.
Rodrigo sonrió, más humano que nunca.
—No quiero hacerlo.
—¿Por qué?
Él la miró con una calidez que le hizo temblar el pecho.