—¿Cómo se declara la acusada?

Gael, el más pequeño, señaló directamente al banco donde estaba Santiago.

—¡Papá, dile que no fue Mariana!

El murmullo en la sala creció.

El juez golpeó el mazo.

—¡Orden en la corte!

Santiago se levantó, pálido.

—¿Qué hacen aquí?

Emiliano habló primero, con la valentía torpe de los siete años.

—¡Porque están diciendo mentiras!

El fiscal se frotó la frente.

—Señoría, esto es inapropiado—

—Déjelos hablar —dijo el juez, frunciendo el ceño.

Los niños se miraron entre sí.

Gael dio un paso adelante.

—La joya no la robó Mariana.

La sala entera contuvo la respiración.

Renata dejó de sonreír.

—¿Qué dijiste? —preguntó el juez.

Gael tragó saliva.

—La vimos.

El juez inclinó la cabeza.

—¿A quién?

El niño levantó el dedo.

Apuntó directamente a la primera fila.

A **Renata**.

El silencio cayó como una bomba.

—Ella —dijo Gael—. La vimos poner el collar en la bolsa de Mariana.

Renata se levantó de golpe.

—¡Esto es absurdo!

Emiliano habló rápido, como si supiera que tenía pocos segundos antes de que alguien lo callara.

—Estábamos jugando a escondidas en el armario del pasillo.

—¡Niños! —gritó Santiago.

Pero ellos siguieron.

—La vimos —repitió Emiliano—. Ella estaba sola en la habitación.

La cara del fiscal cambió.

—¿Y por qué no dijeron nada antes?

Gael miró al suelo.

—Porque ella nos vio.

Renata estaba completamente blanca.

—Y dijo… —continuó Gael— que si hablábamos… Mariana perdería su trabajo.

Un murmullo enorme recorrió la sala.

El juez golpeó el mazo.

—¡Silencio!

Santiago miró lentamente a Renata.

—¿Es cierto?

Ella intentó reír.

—Son niños, Santiago. Inventan cosas.

Pero el juez ya estaba mirando al fiscal.

—¿Dónde está el informe de cámaras de seguridad?

El fiscal tragó saliva.

—No había cámaras en ese pasillo, señoría.

El juez miró a Renata otra vez.

—Pero sí en la entrada principal.

La mujer dejó de respirar por un segundo.

—Quiero esas grabaciones —ordenó el juez.

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