—Mamá… pensaste que te estaba alejando. Lo sé. Lo vi en tu mirada estos últimos días. Pero tenía que guardar el secreto.
Las lágrimas empezaron a rodar por mi rostro.
—¿Qué es todo esto?
Respiró hondo.
—Esta casa… es tuya.
Solté una risa nerviosa.
—¿Mía? No digas eso, hija…
—Es tuya, mamá. La compré para ti. No es un asilo. No es un lugar para dejarte. Es un lugar para que vivas. Con comodidad. Con jardín. Con el estudio que siempre soñaste tener.
¿Un estudio?
El corazón me dio un vuelco.
Me tomó de la mano y me llevó al interior.
La casa era aún más hermosa por dentro. Piso de madera clara, ventanas amplias, cortinas ligeras moviéndose con el viento nocturno. Olía a pintura fresca mezclada con flores.
Me condujo hasta una habitación al fondo.
Cuando abrió la puerta, mis piernas casi cedieron.
Era un taller de pintura.
Lienzos en blanco apoyados contra la pared. Pinceles ordenados. Pinturas nuevas de todos los colores. Una gran mesa de madera bajo una ventana con vista al jardín.
—Recuerdo —dijo suavemente— que siempre decías que cuando yo terminara la carrera volverías a pintar. Que era tu sueño interrumpido.
No podía hablar.