Más tarde, cuando todos se fueron y el silencio volvió a llenar la casa, nos sentamos juntas en la terraza. La luna iluminaba el jardín.
—¿Tuviste miedo de perderme? —preguntó en voz baja.
Pensé un momento.
—No. Tuve miedo de perder mi lugar en tu vida.
Apretó mi mano.
—Tú eres mi lugar.
Al día siguiente desperté temprano. El sol entraba por las ventanas amplias, iluminando el taller.
Tomé un pincel.
Mis manos aún temblaban un poco.
Pero no era de miedo.
Era de emoción.
Lo sumergí en pintura azul.
La primera pincelada fue tímida.
La segunda, más firme.
Detrás de mí escuché pasos suaves.
—¿Puedo ver?