Me giré.
Livia estaba ahí, sonriendo.
—Siempre.
Se acercó y apoyó la cabeza en mi hombro.
—¿Sabes, mamá? Nunca te agradecí como debía.
—No tienes que hacerlo.
—Sí tengo. Gracias por nunca hacerme sentir diferente. Gracias por elegir quedarte.
Acaricié su rostro.
—Yo no elegí quedarme. Elegí amar. Y el amor no se va.
Sonrió.
—Entonces hagamos un trato.
—¿Cuál?
—Tú pintas. Yo cuido el jardín. Y todos los domingos comemos juntas aquí en la terraza.
—¿Con café de olla y pan dulce?