Verónica suspiró.
—Porque durante años todos me miraron solo por mi dinero. Nadie me preguntó qué quería realmente.
Se levantó y caminó hacia la ventana.
—Cuando envejeces siendo rica, Alejandro… te vuelves invisible como persona.
Se giró hacia mí.
—Para mi familia, soy solo una herencia caminando.
Guardó silencio unos segundos antes de decir algo que me heló la sangre.
—Y algunos de ellos ya han intentado acelerar mi muerte.
Me quedé paralizado.
—¿Intentado… qué?
—Envenenarme.
La habitación se volvió helada.
—Por eso necesito un heredero legítimo.
Se acercó y me tomó las manos.
—No alguien que espere a que muera.
Alguien que construya algo conmigo mientras estoy viva.
Me miró profundamente.
—Y elegí a alguien que no estaba interesado en mi dinero.
Tragué saliva.
—¿Y si no quiero tener un hijo ahora?
Verónica sonrió… pero esta vez había tristeza en su mirada.
—Entonces mañana mismo puedes irte.
Señaló las escrituras sobre la mesa.