Sofía sostuvo el teléfono unos segundos después de que la llamada terminara.

Ajustó la manta alrededor de Laura.

Y tocó el timbre.

Un portón automático se abrió lentamente.

Un hombre enorme con traje negro la observó desde dentro.

—¿Qué quieres?

—Vengo… por el trabajo de limpieza.

El hombre la miró de arriba abajo.

Sus ojos se detuvieron en el bulto en sus brazos.

—¿Eso es un bebé?

Sofía tragó saliva.

—Sí.

—No se permiten niños.

El corazón de Sofía se hundió.

—Por favor —dijo rápidamente—. Está enferma. No tengo con quién dejarla.

El guardia dudó.

Luego habló por un auricular.

Pasaron varios segundos.

Finalmente suspiró.

—Entra.

Sofía caminó por el jardín con el corazón golpeándole el pecho.

La casa era inmensa.

Columnas.

Ventanas gigantes.

Un silencio extraño.

Adentro la esperaba otro hombre.

Más joven.

Más elegante.

—La limpieza está arriba —dijo sin mirarla—. Baños y pasillos.

Sofía asintió.

Subió las escaleras.

Encontró un pequeño cuarto vacío.

Colocó a Laura sobre una manta.

La besó en la frente.

Seguía ardiendo.

—Aguanta un poquito, mi amor.

Luego empezó a trabajar.

Fregó pisos.

Limpió espejos.

Arrastró cubetas.

Pero cada pocos minutos volvía al cuarto para revisar a Laura.

La tercera vez que volvió… alguien estaba allí.

Un hombre alto.

De pie junto a la bebé.

Sofía se congeló.

El hombre llevaba un traje negro impecable.

Su presencia llenaba la habitación.

No parecía un cliente.

Parecía algo más.

Algo… peligroso.

—Lo siento —dijo Sofía rápidamente—. No sabía dónde más dejarla.

El hombre no respondió.

Solo observaba a Laura.

La bebé lo miraba también.

Con esos ojos grandes y oscuros.

El hombre habló finalmente.

Su voz era baja.

Calma.

—¿Está enferma?

—Sí.

—Fiebre.

Silencio.

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