Sofía sostuvo el teléfono unos segundos después de que la llamada terminara.

—No tengo dinero para el médico todavía.

El hombre se agachó lentamente.

Laura dejó escapar un pequeño sonido.

El hombre extendió un dedo.

La bebé lo agarró.

Sofía sintió que el aire desaparecía del cuarto.

Porque algo cambió en la expresión del hombre.

Algo… humano.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

—Laura.

Él repitió el nombre en voz baja.

—Laura.

Se quedó mirándola mucho tiempo.

Finalmente habló.

—Mi hijo tenía ojos así.

Sofía no sabía qué decir.

—Murió hace cinco años.

El silencio volvió.

Sofía tragó saliva.

—Lo siento.

El hombre se levantó.

—Soy Mateo Carvalho.

El nombre cayó como una bomba.

Sofía lo conocía.

Todo São Paulo lo conocía.

El Fantasma.

El hombre que controlaba medio mundo criminal de la ciudad.

El hombre que nadie desafiaba.

El hombre que hacía desaparecer personas.

Las piernas de Sofía empezaron a temblar.

—Yo… no sabía que esta era su casa.

Mateo la observó.

—Nadie que trabaja para mí sabe demasiado.

Silencio.

—¿Por qué estás aquí?

Sofía dudó.

Pero luego la verdad salió.

—Porque si no venía… me despedían.

—Y necesito el dinero.

Mateo miró el cuarto.

La manta vieja.

La bebé enferma.

—¿Dónde vives?

—Capão Redondo.

Mateo asintió lentamente.

—¿El padre?

Sofía se quedó quieta.

—Muerto.

Era mentira.

Pero decir la verdad era más peligroso.

Mateo pareció notar algo.

Pero no preguntó.

En cambio sacó su teléfono.

—Doctor.

—Ahora.

Sofía parpadeó.

—¿Qué?

—Un pediatra viene en diez minutos.

—Pero… yo no puedo pagar…

Mateo la miró.

—No te estoy preguntando.

Treinta minutos después, un médico estaba examinando a Laura.

—Infección respiratoria —dijo—. Llegaron a tiempo.

Sofía lloró de alivio.

Mateo observaba en silencio.

Cuando el médico se fue, Sofía se volvió hacia él.

—Gracias.

Mateo no respondió.

—Puedo devolverle el dinero poco a poco.

Silencio.

—No tienes que hacerlo.

—Pero…

Mateo la interrumpió.

—¿De quién estás huyendo?

El corazón de Sofía se detuvo.

—No entiendo.

Mateo la miró fijamente.

—He visto miedo antes.

Pausa.

—Y tú lo llevas encima.

Sofía sintió que el estómago se le cerraba.

—Nadie.

Mateo caminó hacia la ventana.

—Tu supervisor dijo que empezaste a trabajar hace dos semanas.

—Antes no estabas en la ciudad.

Sofía no respondió.

Mateo continuó.

—Y alguien estuvo preguntando por una mujer con un bebé en Capão Redondo.

La sangre se le heló.

—Un hombre.

—Violento.

—Con un arma.

Las lágrimas aparecieron antes de que pudiera detenerlas.

—Es mi ex.

Mateo no se movió.

—Se llama Bruno.

—Era… policía.

Silencio.

—Cuando quedé embarazada se volvió loco.

—Golpes

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