La cabaña se congeló
Se podía sentir cómo el ogénito salía de la habitación.
Alguien jadeó.
Un tenedor cayó de una bandeja de mesa.
Las manos de Aisha temblaban en su regazo.
Megan se levantó al instante — su calma reemplazada por el acero.
“Señora”, dijo, con voz firme e inquebrantable, “lo que acaba de decir es racista y completamente inaceptable. Necesito avisar a mi supervisor inmediatamente.”
Los teléfonos salieron casi al unísono.
Docenas de objetivos se dirigieron hacia Linda.
De repente parecía nerviosa.