Su salto inicial fue explosivo, lleno de energía juvenil. El arco perfecto de su cuerpo contra las luces del estadio hizo que algunos espectadores se levantaran de sus asientos.
—¡Esto es increíble! —exclamó uno de los comentaristas.
—México está ejecutando una rutina extraordinaria.
Las cámaras captaban cada movimiento.
Cada giro.
Cada respiración.
En la zona de entrenadores, el técnico mexicano apretaba los puños con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
Sabía lo que estaba en juego.
Sabía que estaban rozando algo que solo ocurre muy pocas veces en el deporte.
Ese momento raro…
cuando un equipo entra en una especie de sincronía perfecta.
Cuando todo sale exactamente como fue soñado.
Mónica avanzó hacia el centro de la pista.
La más veterana.
La que había esperado años para este instante.
Mientras caminaba, recordó aquel error de su juventud.
El resbalón.
Las críticas.
Las noches en que pensó en rendirse.
Las mañanas en que se levantó a entrenar aun con lágrimas en los ojos.
Ahora todo dependía de ella.
La música cambió de ritmo.
Era el momento más difícil de la rutina.
El salto final.
El movimiento que decidiría todo.
El estadio entero guardó silencio.
Mónica corrió.
Uno…
dos…
tres pasos.
Saltó.
Durante un segundo…
el tiempo se detuvo.
Su cuerpo giró en el aire con una elegancia que parecía desafiar la gravedad.
Las cámaras captaron cada fracción de ese instante.
Millones de personas lo veían desde sus casas.
El giro final llegó.
Y entonces…
sus pies tocaron el suelo.
Perfectamente.
Sin temblor.
Sin error.
El estadio explotó.
Un rugido ensordecedor llenó el recinto.
Las tres gimnastas se abrazaron, aún sin saber el resultado.
Las alemanas observaban en silencio.
Sabían que habían hecho historia.
Pero también sabían que lo que acababan de ver era extraordinario.
El marcador tardó unos segundos eternos en actualizarse.
Primero apareció el número.
Luego otro.
Luego el total.